¿TENGO EL VALOR DE EDUCARME?
Para enseñar a los demás, primero has de hacer tú algo muy duro:
has de enderezarte a ti mismo.
Buda.
Cada día que mis ojos se abren y observan el mundo, me asombro de todo lo que no he aprendido, de todo lo que no sé aun vivir y eso me llena de ganas de entender que el mundo y yo tenemos muchas cosas por conocer el uno al otro. Aprender a entender nuestro entorno es complicado, puesto que la sociedad nos ofrece algo, una forma o un estilo de vida, una posibilidad entre muchas, tomamos la que se adecua a nuestras creencias según pensamos lo que es correcto.
Entonces en esa búsqueda externa nos olvidamos de nosotros. Nuestras vidas no son más que las creencias, patrones de conducta y supuestos de educación a través del tiempo donde nuestras familias, religión e idiosincracia como sociedad de una país influyen dentro de nuestra realidad.
Hay choques y emociones diversas al enfrentar nuestros gustos con lo que se ha construido socialmente, nuestra felicidad pende de un hilo, no se sabe con certeza el verdadero punto de partida de la vida. ¿Tengo el valor de educarme? La vida no está predeterminada, lo que nos enseñan como verdad absoluta solo es una mera interpretación de nuestra existencia, otra manera de ver al mundo. Comprender que no hay que fijarse en lo que hacen los demás sino aprender y educarse a la manera de cada ser, disfrutando del entorno y disfrutando el ser uno mismo, comprender que al ser uno mismo, se educa de manera constante, el punto de partida para realizar el sendero espiritual se encuentra dentro de nosotros.
Nos educamos por que actuamos como el sabio que sabe asombrarse, y tiene una curiosidad de niño; su disposición para aprender es eliminando todo prejuicio, toda supremacía de creer que se sabe todo; es saber que somos ignorantes en muchos aspectos y que a lo largo de nuestras vidas nos educamos y reeducamos, aprendiendo y desaprendiendo, a partir de las experiencias que acumulamos en la cotidianidad.
No nos educamos cuando entra el desasosiego de la incertidumbre, el dejar que otros me digan que debo y no debo hacer, el pensar que no sirvo para lo que me dedico y que el camino es tan difícil que debo desistir de el. La soledad no es un enemigo entonces, en ella se encuentra un espacio para conversar con nosotros y saber que más allá de las heridas que nos aquejan podemos tener las respuestas que nos ayudan a creer más en si mismos (intuición), es formarnos y apreciarnos como seres que componen el mundo, pues, dentro de cada uno existe un universo único que sólo nosotros podemos explorar. Nos educamos con base en la libertad, en la necesidad lúdica de aprender, de buscar, de pensar, no definir y luchar contra lo que nos han dicho de la construcción llamada realidad. La subjetividad y la confrontación de esta con los demás para comprender individualidades, socializar posiciones y maneras de ver la vida, para expandir la mente y la conciencia; nuestro mundo no es el único, pues todos hacemos parte de esta danza cósmica llamada universo.
Saber cuando nos educamos y cuando no, aprender, y aplicar lo que aprendemos para gratificar nuestra existencia y la de nuestro prójimo, puesto que este proceso de formación dura toda nuestra vida, entonces la vida deja de ser netamente lo que nos enseña a ver la cultura. El camino es importante, el proceso gratificante, nos educamos desde todos los ámbitos de nuestra existencia, para un día comprender que cada uno lleva un maestro interior, que ayuda a sanar a cada ser de este hermoso planeta.
El Señor Buda ha expresado que:
No hemos de creer en lo dicho, simplemente porque fue dicho; ni en las tradiciones, porque han sido trasmitidas desde la antigüedad; ni en los rumores; ni en los escritos de los sabios, porque han venido de ellos; ni en las fantasías, que se suponen haber sido inspiradas por un deva (es decir, una supuesta inspiración espiritual); ni en las deducciones basadas en alguna suposición casual; ni por lo que parece ser una necesidad analógica; ni por la mera autoridad de nuestros instructores o maestros, sino que hemos de creer cuando lo escrito, la doctrina o lo dicho, está corroborado por nuestra propia razón y conciencia. Por eso, enseñé a no creer lo que oyen decir, sino que, cuando lo crean conscientemente, actúen de acuerdo y plenamente.
La Doctrina Secreta, T. VI. p. 49
Eddie
0 comentarios:
Publicar un comentario